
viernes, 21 de mayo de 2010
La experiencia del Arte

miércoles, 5 de mayo de 2010
Veintisiete

viernes, 11 de septiembre de 2009
Materia inconclusa

lunes, 6 de julio de 2009
Un paraíso cercano
... un lugar lleno de Magia, donde las horas pasaban despacio, donde se duerme en cama de princesa, el móvil pierde cobertura y si tu sueño es el descanso, por fin se hace realidad.
En este lugar hay una Hada, con gorro de cocinera y flequillo rubio, y en vez de varita, lleva un cucharón. El Hada Pepa, que así se llama, toca con su inconfundible magia cada plato que prepara, y da un sabor especial a todo cuanto sale de su cocina.
Cuando estás allí, tus preocupaciones se diluyen, parecen lejanas, menos importantes y dejan paso a tus sentidos, que se despiertan y desperezan.
Así los sabores, olores y texturas se disfrutan de forma diferente.
Mi paraíso tiene una terraza, donde te esperan unas cómodas tumbonas y cuando descansas en ellas, al fresco de la noche, te regala un cielo estrellado, la Luna te sonríe y brilla para ti.
Érase que se era... que también suele haber un Mago, Kike, y aunque ésta vez no le vimos, se nota su magia y buen gusto en cada rincón del lugar. Decorado con esmero, cuidado con mimo hasta el más pequeño de los detalles.
En éste lugar siempre encuentras gente amable y cada momento es único. Como te digo, el tiempo pasa de forma diferente, disfrutas de las pequeñas cosas. No existen ruidos, ni sirenas... tan sólo algún pájaro se atreve a cantar.
La casa cuenta con cuatro siglos de historia. Esas paredes de piedra han asimilado la paciencia de cuatrocientos años, y la saben transmitir. Bases antiguas para elementos modernos: una combinación especial, que hace de mi paraíso un sitio con personalidad. Se llama La Taifa, y no está en un lugar muy lejano, sino a una hora de Valencia, en Las Eras de Alpuente. Cerca hay mil sitios para visitar: bosques de pinos, ríos, embalses, huellas de dinosaurios...Sin embargo yo he aprovechado el tiempo de otra manera: he preferido dejar salir a pasear mi pluma, y contarte todo esto, porque hay ciertas cosas que merece la pena compartir.
lunes, 22 de junio de 2009
Las almendras del "Canadá"

Los domingos acudía con sus padres a comer a casa de los abuelos. A veces, antes de comer, su abuelo, el Yayo, con Mayúscula, la llevaba, de la manita, paseando por la calle, hasta llegar al "Canadá". Era el bar donde el Yayo se juntaba con otros yayos, se fumaba el cigarrito que tenía prohibido en casa, hablaba de sus cosas: las quinielas, los partidos, el tiempo, en fín , cosas de mayores. Mientras ella esperaba, su Yayo le pedía al camarero una ración de almendras fritas. La pequeña las degustaba, úna a úna, como si fuesen un manjar. Cada almendra que se llevaba a la boquita, era como un deseo que se fuese a cumlpir. Realmente las comía con devoción, más que con apetito. Siempre tenía cuidado de guardar unas poquitas, para llevarlas a casa y compartirlas con los demás, pensando tambien que los deseos de los mayores se pudiesen cumplir.
La niña fue creciendo, haciéndose mayor, y, cuando cumplió nueve años, una enfermedad con nombre de cangrejo se llevó a su Yayo. Murió, pero siempre ha seguido en su memoria y en su corazón, ayudándola a crecer como persona, alimentando su fortaleza y personalidad con todo el amor y la comprensión que le regaló cuando ella era muy niña. Como decía, la niña creció, yo crecí, y, hace un par de días, casi teinta años más tarde, fueron mis padres, que ahora son los Yayos, (también con Mayúsculas), quienes me trajeron a casa un paquetito de papel de aluminio, lleno de almendras del "Canadá".
Las volví a comer, y aunque en realidad son simples almendras, me supieron a "gloria bendita", y como entonces, cada almendra era un deseo a cumplir. Los deseos, por supuesto han cambiado. Seguramente en el "Canadá" no quedará nadie de los de entonces. Sin embargo pude sentir que dentro de mí todavía queda algo de aquella niña de cinco años que comía deseos con forma de almendra.
viernes, 19 de junio de 2009
Una extraña sensación
Notar que tus latidos se apresuran en la cercanía, y que ya distiguirías su aroma entre mil. Aun con los ojos vendados reconocerías el tacto de su piel, su frescura. Tener la certeza de que no hay sitio para el error, saber que es la persona de tu vida. Que no hay que buscar, porque el Amor ya te ha encontrado. El Universo concede ciertos momentos de equilibrio, y es en esos momentos cuando estás disfrutando del tuyo. Todo está bien, no hay incertidumbre. Es una sensación de paz, libertad, alegría infinita. A veces, sólo a veces, esto es real, y en pocas ocasiones se conserva. Si sientes esa extraña sensación, ese "dejá-vu", atrápalo, hazlo tuyo, mímalo y vívelo de forma perenne. Porque, a veces, los cuentos de hadas se hacen realidad.