lunes, 22 de junio de 2009

Las almendras del "Canadá"



Hace muchos años, tántos como casi treinta, una niña pequeñita soñaba todos los días con que fuese domingo. No era porque ese día no hubiese colegio, no porque fueran a llevarla al parque de atracciones... Ella anhelaba ese día por algo que, si bien no era expectacular, era para ella muy especial.

Los domingos acudía con sus padres a comer a casa de los abuelos. A veces, antes de comer, su abuelo, el Yayo, con Mayúscula, la llevaba, de la manita, paseando por la calle, hasta llegar al "Canadá". Era el bar donde el Yayo se juntaba con otros yayos, se fumaba el cigarrito que tenía prohibido en casa, hablaba de sus cosas: las quinielas, los partidos, el tiempo, en fín , cosas de mayores. Mientras ella esperaba, su Yayo le pedía al camarero una ración de almendras fritas. La pequeña las degustaba, úna a úna, como si fuesen un manjar. Cada almendra que se llevaba a la boquita, era como un deseo que se fuese a cumlpir. Realmente las comía con devoción, más que con apetito. Siempre tenía cuidado de guardar unas poquitas, para llevarlas a casa y compartirlas con los demás, pensando tambien que los deseos de los mayores se pudiesen cumplir.

La niña fue creciendo, haciéndose mayor, y, cuando cumplió nueve años, una enfermedad con nombre de cangrejo se llevó a su Yayo. Murió, pero siempre ha seguido en su memoria y en su corazón, ayudándola a crecer como persona, alimentando su fortaleza y personalidad con todo el amor y la comprensión que le regaló cuando ella era muy niña. Como decía, la niña creció, yo crecí, y, hace un par de días, casi teinta años más tarde, fueron mis padres, que ahora son los Yayos, (también con Mayúsculas), quienes me trajeron a casa un paquetito de papel de aluminio, lleno de almendras del "Canadá".

Las volví a comer, y aunque en realidad son simples almendras, me supieron a "gloria bendita", y como entonces, cada almendra era un deseo a cumplir. Los deseos, por supuesto han cambiado. Seguramente en el "Canadá" no quedará nadie de los de entonces. Sin embargo pude sentir que dentro de mí todavía queda algo de aquella niña de cinco años que comía deseos con forma de almendra.

viernes, 19 de junio de 2009

Una extraña sensación

A veces, sólo a veces, sucede que dos personas se encuentran, por casualidad, y sienten que ése era el momento que habían estado esperando durante toda su vida. Una mirada furtiva, un leve roce de manos, y salta la chispa. Un cosquilleo en el estómago, que debe ser lo que en las pelis romanticonas describen como mariposas en la tripa. Escalofrío... pero tierno, dulce y agradable. Y necesidad. Una imperiosa necesidad de volver a cruzarse con esos ojos, que ahora sólo miran por tí, para tí y a través de los tuyos. Escuchar su respiración, acompasada, profunda, serena y vital. Sentir el abrazo protector, el beso en el cuello, que estremece y seduce, y hace que pierdas el norte, el sur y la consciencia, y permite que te abandones, sin más pensamiento ni objetivo que seguir compartiendo ese momento, hacerlo perdurable, que esa magia sea infinita...
Notar que tus latidos se apresuran en la cercanía, y que ya distiguirías su aroma entre mil. Aun con los ojos vendados reconocerías el tacto de su piel, su frescura. Tener la certeza de que no hay sitio para el error, saber que es la persona de tu vida. Que no hay que buscar, porque el Amor ya te ha encontrado. El Universo concede ciertos momentos de equilibrio, y es en esos momentos cuando estás disfrutando del tuyo. Todo está bien, no hay incertidumbre. Es una sensación de paz, libertad, alegría infinita. A veces, sólo a veces, esto es real, y en pocas ocasiones se conserva. Si sientes esa extraña sensación, ese "dejá-vu", atrápalo, hazlo tuyo, mímalo y vívelo de forma perenne. Porque, a veces, los cuentos de hadas se hacen realidad.