
Los domingos acudía con sus padres a comer a casa de los abuelos. A veces, antes de comer, su abuelo, el Yayo, con Mayúscula, la llevaba, de la manita, paseando por la calle, hasta llegar al "Canadá". Era el bar donde el Yayo se juntaba con otros yayos, se fumaba el cigarrito que tenía prohibido en casa, hablaba de sus cosas: las quinielas, los partidos, el tiempo, en fín , cosas de mayores. Mientras ella esperaba, su Yayo le pedía al camarero una ración de almendras fritas. La pequeña las degustaba, úna a úna, como si fuesen un manjar. Cada almendra que se llevaba a la boquita, era como un deseo que se fuese a cumlpir. Realmente las comía con devoción, más que con apetito. Siempre tenía cuidado de guardar unas poquitas, para llevarlas a casa y compartirlas con los demás, pensando tambien que los deseos de los mayores se pudiesen cumplir.
La niña fue creciendo, haciéndose mayor, y, cuando cumplió nueve años, una enfermedad con nombre de cangrejo se llevó a su Yayo. Murió, pero siempre ha seguido en su memoria y en su corazón, ayudándola a crecer como persona, alimentando su fortaleza y personalidad con todo el amor y la comprensión que le regaló cuando ella era muy niña. Como decía, la niña creció, yo crecí, y, hace un par de días, casi teinta años más tarde, fueron mis padres, que ahora son los Yayos, (también con Mayúsculas), quienes me trajeron a casa un paquetito de papel de aluminio, lleno de almendras del "Canadá".
Las volví a comer, y aunque en realidad son simples almendras, me supieron a "gloria bendita", y como entonces, cada almendra era un deseo a cumplir. Los deseos, por supuesto han cambiado. Seguramente en el "Canadá" no quedará nadie de los de entonces. Sin embargo pude sentir que dentro de mí todavía queda algo de aquella niña de cinco años que comía deseos con forma de almendra.