
Solos, frente al mundo, el suyo y el mío, cuyo único nexo éramos nosotros dos.
Un cine, una ciudad, un hotel y una rosa. Múltiples sentimientos, razón contra corazón. Veintisiete horas de regalo, veintisiete horas disfrutadas, intensamente vividas. Lo suficiente como para marcar una vida: la suya.
Las relaciones siempre son complicadas, más cuando por ambas partes hay vidas paralelas, famílias, trabajos, todo distinto. El único nexo: nosotros dos.
Sé que ella me hubiese seguido al fin del mundo, contra viento y marea, enfrentando adversidades, desengaños, circunstancias y más que probables consecuencias negativas.
Esa rosa, la que le regalé aquella tarde del día de veintisiete horas, marcó a fuego su vida, me confesó, en más de una ocasión, y me demostró a conciencia, que para ella fue "su día", el más feliz de su vida. Veintisiete horas para vivir la ilusión de una vida en común, una ilusión un tánto efímera, pero de poso denso y duradero. Algo tan usual como salir de tiendas, de cena, dormir cuerpo a cuerpo... Despertar entre besos y caricias, sed del otro, sed saciada por lo menos una vez. Esa vez, la Vez.
Lo nuestro terminó por acabarse, o acabó por terminarse, depende como se mire. De todas formas, y aunque pueda parecer incierto, quedó una amistad, fuerte y duradera. Cuando conoció al que fue su última pareja, me lo presentó, como buscando aprobación. Ya entonces la ví desmejorada. Tomando una copa juntos le pedí que se cuidara. Ella no prometió nada...
Poco tiempo despues, recibí una llamada. Era él, me informaba de su muerte. Partió mientras dormía. Me contó que no había sufrido en su muerte. Buena recompensa para quien había sufrido tanto en vida. No fui capaz de asistir a su entierro. No podía despedirla, estaba demasiado enfadado, demasiado triste y derrotado. Necesité un tiempo para aceptar su marcha, para tomar conciencia de que nunca más quedaríamos para contarnos nuestras vidas ni hacernos confesiones frente a una copa de Cointreau con hielo.
Ya no estaba, con ella se llevó una parte de mi vida, unos meses de mi corazón y una linda sonrisa. Llegado el momento pregunté dónde yacía su cuerpo, que en otro tiempo fue mi refugio, mi cobijo . Me presenté ante a su tumba, necesitaba quedarme frente a ella, o lo que pudiese quedar allí de ella y despedirme, pedir explicaciones... ¿porqué no me hiciste caso?... Cuídate... sólo te pedí eso, era tán fácil...
Ahora ella no estaba para responder, y ese silencio llenó el vacío del cementerio... lloré de rabia, de impotencia. De alguna forma lloré de "desamor" y lloré cada espina de la rosa que aquel día de veintisiete horas lucía orgullosa entre sus manos.
Frente a mí, su lápida, con su nombre, las fechas de rigor... y una rosa tallada. Igual que la que le regalé. Pidió a su madre, sin darle explicaciones, que si algún día moría, grabasen en su losa esa flor: una rosa cerrada, de tallo largo. Ya que había marcado su vida, quiso que marcase su muerte, de forma incomprensible para todos, excepto para mí. Incluso tras su marcha quiso recordarme, que ese, y no otro fue "su día".
Excelente, Mariam!
ResponderEliminarSin palabras.......
ResponderEliminarprecioso!!!!!
Muy bonito, pero muy triste.
ResponderEliminarPRECIOSO, TRISTE PERO REAL COMO LA VIDA MISMA. Hace relativamente poco tiempo, me contaron una historia parecida, el tipo de la rosa, el que se queda, el que la llora, el que se quedó solo en ese recuerdo y, entonces lloré como lo hago ahora. Precioso Mariam
ResponderEliminarprofundo como la vida cuando te paras a pensar,el problema es q vamos tan deprisa q el pensar en la vida se nos olvida muy a menudo,besos Mariam,precioso
ResponderEliminar